La escalada entre Estados Unidos e Irán agita el fantasma de la proliferación nuclear en Medio Oriente
La renovada confrontación entre Estados Unidos e Irán ya dejó de ser un episodio aislado para convertirse en el eje de una crisis que amenaza con redefinir el, de por si delicado, equilibrio estratégico de Medio Oriente. Los bombardeos estadounidenses sobre infraestructura militar iraní de las últimas dos semanas, la respuesta de Teherán -a través de sus propios medios y de aliados regionales- y la creciente militarización de los principales corredores marítimos del mundo conforman un escenario cuyo desenlace podría ser mucho más trascendente que un simple intercambio de ataques. El verdadero peligro no reside únicamente en la posibilidad de una guerra abierta y total entre Washington y Teherán, sino en el efecto dominó que ese enfrentamiento puede desencadenar sobre toda la arquitectura de seguridad regional.
Por un lado, las operaciones militares estadounidenses contra posiciones de la Guardia Revolucionaria Islámica buscan degradar las capacidades militares iraníes y garantizar la seguridad de la navegación internacional, especialmente en el estrecho de Ormuz. Sin embargo, la respuesta iraní demuestra una vez más la profundidad de su estrategia de guerra indirecta. Los hutíes en Yemen ampliaron las hostilidades al mar Rojo mediante ataques contra embarcaciones comerciales y amenazas sobre puertos sauditas, mientras que Jordania y Kuwait ya informaron la intercepción de proyectiles y drones vinculados a la escalada. Incluso Omán, tradicional mediador regional, intenta evitar que el conflicto termine de desbordarse hacia toda la península arábiga.
En otras palabras, la guerra ya no se desarrolla únicamente entre Estados Unidos e Irán. Se está extendiendo progresivamente desde el Golfo Pérsico hacia el mar Rojo, Bab el Mandeb, Yemen, Irak, Siria y los Estados del Golfo, involucrando a actores estatales y organizaciones armadas que responden, directa o indirectamente, a Teherán. Cada nuevo frente abierto multiplica el riesgo de errores de cálculo, incidentes militares involuntarios y respuestas cada vez más difíciles de contener. Mientras tanto, un incremento sostenido del precio del petróleo amenaza con reavivar las presiones inflacionarias que muchas economías aún no han logrado contener. Un crudo persistentemente más caro encarece el transporte, la producción y la energía, deteriora el poder adquisitivo y aumenta el riesgo de que la economía mundial se paralice.
Pero existe un riesgo todavía más profundo y menos visible. Durante décadas, buena parte de lo que se consideraba como una estabilidad estratégica de Medio Oriente descansó sobre un delicado equilibrio: Israel mantenía una capacidad nuclear nunca oficialmente reconocida; Irán avanzaba lentamente en su programa atómico sin cruzar completamente el umbral; mientras las monarquías árabes confiaban en el paraguas de seguridad que le brindaban los estadounidenses. Ese equilibrio comienza a resquebrajarse. Si el conflicto actual termina convenciendo a los líderes iraníes de que únicamente un arsenal nuclear garantizaría la supervivencia del régimen, el incentivo para acelerar definitivamente el desarrollo de un arma atómica aumentará considerablemente.
Pero la verdadera consecuencia sería aún más amplia. Arabia Saudita lleva años sosteniendo públicamente que no permanecerá pasiva si Irán obtiene una bomba nuclear. El príncipe heredero Mohammed bin Salman fue explícito al afirmar que, si Teherán desarrolla armas nucleares, Riad hará lo mismo. Aunque oficialmente el reino impulsa un programa nuclear civil, resulta difícil imaginar que aceptaría quedar estratégicamente en desventaja frente a su principal rival regional. La posibilidad de que Arabia Saudita busque desarrollar —o adquirir mediante alianzas estratégicas— una capacidad nuclear militar ya no puede descartarse como una mera hipótesis académica. En un contexto de deterioro acelerado del orden regional, esa opción podría comenzar a percibirse como una necesidad de seguridad nacional.
Tampoco Turquía debería quedar fuera de este análisis. Ankara posee una industria de defensa sofisticada, ambiciones de autonomía estratégica y un liderazgo que cuestiona abiertamente la desigualdad del sistema internacional de no proliferación. El presidente Recep Tayyip Erdoğan ha manifestado que considera injusto que algunas potencias posean armas nucleares mientras otras tengan prohibido desarrollarlas. Ello no implica que Turquía haya decidido iniciar un programa militar nuclear. No existe evidencia pública que permita sostener semejante afirmación. Sin embargo, en un escenario donde Irán cruzara el umbral nuclear y Arabia Saudita reaccionara en la misma dirección, la presión política y estratégica sobre Ankara para revisar su propia postura aumentaría significativamente. Ese sería el verdadero punto de inflexión.
Es que, por décadas, los esfuerzos internacionales buscaron evitar precisamente este escenario: una proliferación nuclear en cascada. Si Irán obtiene la bomba, Arabia Saudita responde, Turquía reconsidera su posición y otros actores regionales evalúan capacidades similares, Medio Oriente podría ingresar en la mayor carrera armamentística desde la Guerra Fría. Ya no se trataría de un único nuevo Estado nuclear. Se trataría de una región caracterizada por conflictos abiertos, rivalidades históricas, actores no estatales armados, instituciones de seguridad débiles y múltiples guerras por delegación. Incorporar armas nucleares a esa ecuación incrementaría exponencialmente el riesgo de errores de cálculo, accidentes o escaladas imposibles de controlar. La disuasión nuclear funcionó relativamente bien entre superpotencias que mantenían canales permanentes de comunicación. Medio Oriente carece de esos mecanismos.
Y esas consecuencias trascienden ampliamente a la región. Por el estrecho de Ormuz transita aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo, mientras que Bab el Mandeb constituye otro corredor crítico para el comercio internacional entre Asia y Europa. Los ataques de los hutíes ya comenzaron a afectar el tránsito marítimo y provocaron fuertes subas del precio internacional del petróleo. Así, una prolongación de la crisis podría alterar cadenas logísticas, incrementar la inflación global y afectar directamente el bienestar económico de numerosos países. A ello debe sumarse la creciente presencia militar estadounidense en la región, la participación indirecta de potencias como Rusia y China mediante sus alianzas e intereses estratégicos, y el permanente riesgo de que un incidente local adquiera rápidamente dimensiones internacionales.
En resumen: la historia demuestra que las guerras rara vez permanecen limitadas cuando involucran rivalidades existenciales, actores regionales con agendas propias y potencias globales. Hoy Medio Oriente parece avanzar precisamente hacia esa combinación. La escalada entre Estados Unidos e Irán está modificando el comportamiento estratégico de toda la región y comienza a instalar preguntas que hace apenas algunos años parecían impensables: ¿qué hará Arabia Saudita si percibe que el paraguas estadounidense resulta insuficiente? ¿Hasta dónde llegará Turquía en su búsqueda de autonomía estratégica? ¿Podrá mantenerse el régimen internacional de no proliferación si varias potencias regionales concluyen que la única garantía de supervivencia es poseer armas nucleares?
Las respuestas a estas inquietudes aún no existen. Pero el interrogante ya está planteado, y quizá sea ese el dato más preocupante de todos. Porque cuando varios Estados empiezan a considerar que la disuasión nuclear es la única forma de garantizar su seguridad, el problema deja de ser el enfrentamiento armado en sí y pasa a convertirse en una transformación estructural del sistema internacional, cuyas consecuencias podrían sentirse durante décadas. Como en muchos casos antes que éste, los conflictos del pasado enseñan una lección tan simple como inquietante: las guerras pueden planificarse, incluso iniciarse deliberadamente por razones que se consideran válidas, pero casi nunca terminan donde sus protagonistas creyeron que terminarían.